Tuesday, October 9, 2007

Moving on with the herd


Moving abroad on your own is a tough choice. Doing so when you have a family, kids, is a long-lasting life-changing decision. It is painful to see your kids feel the blues for leaving their friends, cousins, Grandma, Grandpa and so on, behind. But you also know there's a whole series of extraordinary experiences out there, waiting for y'all to come across. But there's a catch. You have to move. And you have to make that decision on behalf of your kids.
My dearest friends at the Mexican Magazine Bebé Mundo are always inviting me to write on my experiences as a father in the section called 'El dice' (roughly, Dad says). I have contributed with them several times, in some of which I have explored parenting issues regarding immigration.
This is what I wrote for the October 07 edition. Many thanks to Editor Florencia Molfino for letting me post this piece on PSN. And special thanks to our dearest friend Christel Peyrelongue, who took the story's picture. Merci, Chris!

Encuentros diferentes, los mismos cariños

Antonio Ruiz Camacho

El viernes de la semana entrante, cuando la abuela de mis hijos haya regresado a España luego de pasar todo el verano con nosotros, la dinámica familiar habrá vuelto a la normalidad. Emiliano y Guillermo volverán a aparecer por nuestra habitación cada mañana, despiadadamente temprano, para pedir que les preparemos el desayuno. El más pequeño querrá meterse en la cama con nosotros para frotarnos los ojos con su inseparable pato de peluche, y el mayor comenzará a hacer preguntas sobre dinosaurios o ballenas o trenes de vapor o cualquiera que sea el tema del último libro o película que lo haya impresionado —a cuál más difícil de responder sin haber tomado antes una taza de café—, hasta que desistamos de nuestro intento por seguir durmiendo y nos pongamos de pie y los atendamos. Durante estos meses que rápidamente han comenzado a convertirse en los recuerdos del verano pasado, Valentina y yo podíamos gozar de un lujo sacrílegamente subestimado por las personas que (aún) no tienen hijos: poder dormir un poco más cada mañana. En estos meses estivales éramos nosotros quienes, una vez despiertos, teníamos que ir a buscarlos porque ellos, si la abuelita estaba en casa, se olvidaban de nosotros, al menos durante las mañanas. Tenía lógica; cuando está en casa, es ella quien les prepara el desayuno, la que juega con ellos, responde a sus miles de preguntas o sacia su necesidad de estimulación desde las primeras horas del día.
Durante el verano, Emiliano y Guillermo tuvieron en casa una figura que no existe normalmente en su vida cotidiana: una aliada consentidora que siempre estaba dispuesta a complacer sus caprichos gastronómicos, a leerles un cuento más cada noche, a dejarles ver un programa más de televisión, a hacerse de la vista gorda mientras se llenaban de lodo en el jardín. Después de todo, a eso vino la abuelita desde Madrid hasta Austin —donde vivimos desde hace tres años—, esta ciudad estupenda en la que los ciervos pastan en los jardines de las casas, a la que nos mudamos por una irrechazable oferta de trabajo que me hicieron a mí y en la que ellos pueden acudir a una escuela fantástica en la que están aprendiendo de manera natural un segundo idioma, pero en la que vivimos sin más familiares que nosotros mismos y los (pocos) amigos que hemos ido haciendo en este tiempo.
Hacía un año que mis hijos no veían a su abuela, pero ella no es la única que nos suplanta cuando tenemos invitados en casa. Lo mismo pasó durante las vacaciones de diciembre con nuestra amiga Christel, que vino a pasar las fiestas con nosotros, y lo mismo pasa casi siempre que alguien ocupa nuestra habitación de invitados, porque cuando uno vive lejos de su familia y de sus amigos de toda la vida, el reencuentro con ellos, el contacto necesario para sentirlos otra vez cerquita, sólo es posible mediante dos maneras: viajando al lugar donde viven o invitándolos a pasar una temporada en casa. Las reuniones familiares de los domingos y la visita inesperada de amigos a cenar entre semana son fenómenos sociales tan poco frecuentes para mis hijos que podrían pasar por un exotismo.
Sus primas ven a la abuela casi cada fin de semana, tal como me pasaba a mí cuando era niño, a lo largo de todo el año. Emiliano y Guillermo, en contraste, la ven durante 60 días seguidos, pero nada más durante el verano. El resto del año, la abuelita es, como el resto de nuestros seres más queridos, una voz que se cuela por el hilo telefónico durante algunos minutos los fines de semana. Así será de nuevo a partir del viernes entrante. Volveremos a quedarnos solos los cuatro aquí y, como cada vez que nuestros invitados se van, durante algunos días habrá en el ambiente familiar una sensación de vacío que estruja un poco el alma, pero que se esfuma con el paso de los días.
Probablemente usted se estará preguntando si vale la pena marcharse a otro país, a una ciudad lejana, para tomar una oportunidad que supone una mejora en la calidad de vida de la familia, a cambio de estar lejos de la gente que uno quiere, en un lugar desconocido, donde uno no conoce a nadie, y en el que uno —y sus hijos— será, durante un periodo indefinido, un extraño. ¿Eso es calidad de vida? Seguramente ya tiene una respuesta. Yo también. Pero es una respuesta compleja, que no se resuelve con monosilábicos, y llegar a ella toma tiempo. Y responde a una pregunta que, curiosamente, se están haciendo cada vez más parejas jóvenes con hijos pequeños.

Guajolote en el Día del Pavo
Mi familia y yo hemos pasado por esa circunstancia, en realidad, dos veces. La primera vez fue en 2001. Emiliano tenía cuatro meses de edad cuando nos mudamos de la ciudad de México a Madrid. Yo me despedía de mi tierra natal y de mis raíces, y Valentina en realidad estaba de regreso en casa, con sus seres queridos. El cambio para nuestro primogénito —Guillermo nacería dos años más tarde— no fue tan drástico; era un bebé y estoy seguro de que no recuerda nada de su vida allá. Por lo demás, la tristeza por dejar atrás a mi país y a la gente que quiero y que se quedaba ahí se vio rápidamente aliviada por la cálida presencia de la familia de Valentina y por el conocimiento que ella tenía de Madrid. Para Emiliano, en realidad, fue como llegar a su segundo hogar.
La segunda vez fue en 2004, cuando recibí una oferta para dirigir un diario en español en Texas, a miles de kilómetros del piso ubicado en Pozuelo de Alarcón, en el noroeste madrileño, donde vivíamos en ese momento. Era una gran oportunidad y, debo ser sincero, para Valentina y para mí representaba además la opción de alimentar nuestra irredenta curiosidad por probar lugares distintos, pero no a la manera de los turistas. A mí no me llama la atención ir de viaje a lugares lejanos, pero sí me gustaría alguna vez vivir en Buenos Aires, en Lima, en Barcelona o en Sídney. Valentina es, en eso, idéntica a mí.
Si no hubiéramos visto esta mudanza como una aventura de la que todos los miembros de la familia podríamos sacar innumerables beneficios o si hubiéramos tenido la sensación de estar sacrificando algo que pareciera irrenunciable de nuestra vida de entonces —desde ir los fines de semana a casa de la abuela hasta poder comprar los deliciosos bizcochos de la panadería La Oriental cada noche—, no nos habríamos mudado. Porque Austin no es mejor que Madrid per se, ni la ciudad de México es peor que Madrid per se.
Guillermo tenía seis meses cuando pisó suelo texano y no recuerda nada de su vida en España. Para él lo normal es vivir en un lugar donde la gente en la calle habla un idioma distinto del que se habla en su casa. Pero Emiliano tenía tres años cuando llegó a Austin y, aunque ahora parezca un gringuito bilingüe de seis años, la migración para él tuvo un inicio rudo.
Esos primeros cuatro meses que pasó aquí fueron una etapa de su vida que, si me llega a echar en cara cuando sea mayor y vaya a terapia—porque algo tendrá de qué quejarse, como dice Woody Allen—, yo también recordaré con sabor agridulce. Emiliano extrañaba a su prima Matilde, que es sólo un mes menor que él, y sobre todo a su abuela. Echaba de menos el tipo de comida que comía en Madrid —desde la consistencia del yogur hasta el sabor del chocolate en polvo— pero, por encima de todo eso, lo que más lo desconcertaba era no entender lo que le decía la gente en la calle. Su cambio de carácter fue un acuse de recibo inequívoco del efecto que la mudanza tuvo en él. El niño que hablaba hasta por los codos y que se ponía a conversar hasta con las cajeras más bordes de El Corte Inglés se volvió tímido, serio, y mantenía la boca cerrada.
Durante ese tiempo, Valentina y yo nunca consideramos la posibilidad de que la decisión de mudarnos hubiera sido un error. A la par de esos momentos difíciles, Emiliano y su hermano —aunque apenas fuera un bebé— estaban conociendo cosas nuevas y haciendo nuevos amigos pero, sobre todo, nuestra situación familiar había mejorado sustancialmente con esta mudanza. A un niño de tres años —o de seis o de catorce— le resulta casi imposible entender las razones de los adultos, pero los padres saben que, en la búsqueda del mejor futuro para los hijos, muchas veces hay que tomar decisiones difíciles.
Mi esposa y yo estábamos convencidos de que todo sería una cuestión de tiempo y que, pasadas las dificultades, Emiliano aprendería el idioma y las costumbres de su nueva ciudad, y se integraría plenamente a su entorno. Más que lamentarnos por él o dejar que la nostalgia y la sensación de extranjería se adueñaran del estado de ánimo de toda la familia, optamos por hacer todo lo posible por acelerar al máximo su proceso de adaptación: por las tardes comenzó a tomar clases extracurriculares de inglés y, durante ese otoño, incluso decidimos cocinar un pavo el Día de Acción de Gracias para que, al volver a clases al lunes siguiente, no se sintiera un extraño cuando sus maestras y compañeritos le preguntaran qué había hecho en esa fecha tan especial.
Tres años después, Emiliano ha vuelto a ser ese loro fascinado con los dinosaurios al que reconoce todo el mundo, incluso las cajeras del Costco. Para Guillermo, en cambio, la vida parece haber seguido un curso convencional. Desde su perspectiva de niño de tres años de edad que siempre ha vivido en el mismo lugar, es normal que la abuelita —o sus primas, o los amigos de mamá y papá— no vivan en la misma ciudad y que él sólo los vea de vez en cuando.
Todo parece haber alcanzado la normalidad, básicamente, creo, porque lo que hemos intentado transmitir a nuestros hijos es que esta forma de vida, la nuestra, es la normal. Eso no significa que no extrañemos cosas de nuestra vida en Madrid o en la ciudad de México, o que no quisiéramos ver a nuestra gente más seguido. Es sólo que alimentar la nostalgia y la sensación de lejanía en niños tan pequeños no sólo sería contraproducente para ellos, sino injusto —e incongruente— de parte nuestra.
Pocos meses después de mudarnos a Texas, Valentina y yo tuvimos claro que, cada año, tendríamos que destinar parte de nuestro presupuesto anual para pagar viajes de reencuentro con nuestros seres queridos y, tal vez de manera inconsciente, siempre intentamos persuadir a alguien de nuestro círculo de cariños para pasar las fiestas con nosotros, si es que nosotros no podernos hacer el viaje hacia ellos. Aceptar una oferta de trabajo en otra ciudad, en otro país, o simplemente querer irse a probar suerte a otro lado no supone renunciar a estar con la gente que uno quiere o seguir abrevando de la cultura materna. Lo único que cambia, o lo que ha cambiado al menos en nuestro caso, es la manera cómo se dan esos encuentros.

Antonio Ruiz Camacho (Toluca, 1973) es periodista. Actualmente es director editorial de la cadena de diarios Rumbo en Texas.

Tuesday, September 25, 2007

Oh, yeah, we got racism

Clarín's Margarita García is visiting Mexico. For those of you who haven't run into her blog, Sudaquia, García has mastered the art of analyzing Latin America from its migrants' point of view. Sassy, witty and extremely clever, Colombian journalist García is based in Buenos Aires, so she mostly devotes her posts to Argentineans and la tierra de Soda Stereo y Gardel. However, she has also hit the road and reached out to Chile, Colombia and, now, México lindo y qué racista.
Please read her posts and, moreover, the comments left by their hundreds of loyal readers about Mexico and Mexicans. Many of them are loaded with stereotypes, from the glory of Mayas and Aztecas to the ubiquitous Frida and her pale Diego. But lots of them, too, go beyond and talk about those ugly things we Mexicans love to deny: our rampant racism, our wild gap between el niño del semáforo and Carlos Slim, and our love-hate relationship with el gabacho.
Enjoy.

Friday, September 7, 2007

Homesick junkies

"'Los mexicanos no saben emigrar: todos quieren regresar el próximo jueves a ver a su abuelita', le decía Jean-Pierre, y aunque Julio ya llevara veinticuatro años fuera, tenía que aceptar que no, la estancia nunca había tenido la contundencia de una decisión tomada sino el aire incierto de quien avanza sin rumbo fijo y dobla esquinas, del doctotado en Italia al Centro de Estudios Latinoamericanos en La Haya..."

Juan Villoro
El testigo

It's funny. Even though nearly half a million of us flee Mexico every year, we're still defined as homesick junkies. Truth is, we're helpless too. "Mexico lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí". Top that.
Many Mexicans living abroad are always longing to go back home. Dreaming of undoing the journey someday is such an addiction for us that we spend literally hundreds of millions of dollars on it. We build up entire towns in Mexico just hoping for coming back one day. Needless to say, that is just a dream.
Homesickness is not an exclusive Mexican illness, though. Check the answers some 67 LinkedIn users gave to the question Can family be globalized? and you'll find out we're not alone out there, in Planet Nostalgia.
Anyway. Is it true we Mexicans do not know how to emigrate?

Tuesday, August 28, 2007

The grass is not always greener on this side of the fence

Los Angeles is the second largest city in the world by Mexican population. As it also happens in the largest one--Mexico City, of course--only the grass of its fanciest parks is green. Desperate to find a greener grass, immigrants cross the border holding their breath, hoping for the best. But many times, the grass they find on this side of the fence reveals itself as everything but green; what they run into here is rather yellowish and definitely harrowing. This feature on Spanish daily El País highlights L.A.'s dark face, the South side of Los Angeles, poisoned with violence and hopelessness. Ironically, most Latinos afflicted by the gangs' rage and drug trafficking infernos, come from families who left Mexico dreaming of better days for their kids. Tired of finding no choice on the land they were born, they came here to get their fix of reality check.

Monday, August 27, 2007

From Holland, Víctor Loaiza

Message sent on 08/23/07. Víctor lives in Opperdoes, a small town in Northern Holland close to Medemblik. An unlikely place for a Mexican emigrado, right? Thanks to Victor for sharing his story with us.

Estimado Antonio:
Acabo de leer tu columna en El Universal via internet. Me gustó y me metí a tu blog y leí tu historía. Si tienes oportunidad de leer la columna de Juan María Alponte del 21 de agosto, también en El Universal, te dará más información sobre la inmigración de mexicanos.
En mi caso tengo 3 meses en los Países Bajos, recién desempacado. Estudié aquí una maestría (MSc Plant Sciences Greenhouse Horticulture) en 2004-2005, como becario del CONACYT (el camino correcto, ¿no?). Regresé a México cargado de positivismo y con la certeza de que siendo mi negocio la producción vegetal bajo invernaderos y siendo egresado del Tec de Monterrey, teniendo maestría en Holanda (país punta en la industria de los invernaderos), no tendría ningún problema en encontrar trabajo o socios para empezar un negocio.
Para mi sorpresa ni lo uno, ni lo otro jajajaja.
Para mí, 2006 fue un desastre. Sin trabajo, sin socios, sin dinero. Muchas entrevistas de trabajo, muchos planes de negocio, pero al final nada de nada. Trabajé 3 meses para una empresa con un salario que era menos de la mitad de lo que ganaba al mes antes de irme de master... Regrese a Europa, mi novia vive aquí.
Me conseguí una entrevista con mi antiguo patrón en el Reino Unido, y de ahí brinqué a Holanda. Me quedé 6 semanas, hasta que conseguí chamba (jajajaja).
Fui a 4 o 5 entrevistas con diferentes empresas, hasta que mi actual patrón me contrato, y aqui estoy.

Emigré por un conjunto de razones que algunos de mis amigos no entienden, ya que en México tenía todo para hacerla. Y en realidad eso parecía, eso creía. Pero la realidad me hizo ver que no era así.
Y una razón poderosa para considerar seriamente la posibilidad de salir de México es la calidad de vida. Aunque como dices en tu blog, en México tiene uno de todo, lujos, influencias, etc., al vivir fuera del país me di cuenta de lo cómodo que es viajar en tren de ciudad en ciudad, de tener la certidumbre de que las cosas funcionan (servicios, Gobierno, etc), de que tu empleador no puede ser o no es ni el 10% de gandalla que el mexicano, y que los estudios y experiencia laboral es 5 veces más valorada que en México. Es triste, pero como dice el dicho, nadie es profeta en su tierra.
Por lo pronto este va a ser mi hogar. Estoy contento en el trabajo, voy a aprender el idioma, y sigo con mi novia. ¿Cómo ves?

Un afectuoso saludo y espero nos mantengamos en contacto.

Vic

P.D. Lo que sí extraño es la comida. Siendo un gordito, ¡sufro! (como diría [Germán] Dehesa).

Friday, August 24, 2007

Reactions to Op-ed on El Universal

Five Mexican fellows have contacted me so far regarding the article I ran yesterday on El Universal. Most of them from outside of Mexico. I am eager to share with you their comments, but am still waiting for their consent for disclosure. I can give you a hint of where they live though. Houston, Geneva, a city in Holland--Amsterdam?--and Liguori, Missouri. Niños bien from Mexico are spreading all over the globe! Hey, wait a minute. Would they consider themselves "niños bien"? That´s a good question, huh?
More to come...

Thursday, August 23, 2007

Sobradamente preparados (y hartos)

Si esto fuera una sesión de terapia, así me presentaría yo: Hola, me llamo Antonio, soy egresado de la Universidad Iberoamericana, vivía en Tecamachalco hasta hace seis años que me fui de México, y no tengo ganas de regresar.

Para crear un grupo de apoyo para emigrantes como yo podría invitar a mis amigos más cercanos, de los que 80% ya vive fuera de México, o a algunos de los 225 mil jóvenes con estudios técnicos y profesionales que, según datos del Consejo Nacional de Población (CONAPO), se van cada año del país en busca de mejores oportunidades.

CONAPO señala también que, entre 2000 y 2005, emigraron en promedio 577 mil mexicanos cada año—el equivalente a la población de Tuxtla Gutiérrez—. Eso supone que los integrantes del reducido segmento de población nacional que tuvo acceso a educación superior —y a lo que conlleva ese estilo de vida en México: servicios de salud (privados), seguridad (privada), privilegios (públicos) y confianza en el futuro (propio)— supone ya 40% del contingente migratorio.

Cuando trabajaba como reportero en El Financiero —de 1998 a 2000— visité regiones de Michoacán y Puebla asoladas por el fenómeno de la migración masiva y las razones que orillaban a sus habitantes a contratar los servicios del coyote picaban los ojos: sin fuentes de empleo, sin clínicas de salud en marcha, sin servicios escolares más allá de sexto grado, en ciertos casos sin agua potable, estaban sembradas de pueblos habitados, en el mejor lugar común de la geografía migratoria de antaño, sólo por niños, mujeres, ancianos y perros callejeros.

El paso del tiempo y la incapacidad para distribuir de forma más equitativa el producto interno bruto que hace de México la duodécima economía mundial llevaron la opción migratoria por senderos menos rulfianos. Las ganas de irse al gabacho se hicieron herida urbana.

--¿Sientes nostalgia por México? —pregunté en 1999 a un ex chavo banda que había emigrado de Ciudad Neza a Nueva York y que se había establecido con su mujer y su hija, pequeñita, en Harlem.

-¿Quién va a sentir nostalgia por un lugar donde los niños andan encuerados en la calle, llenos de lodo?

Según cifras de la ONU, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional citadas por The New York Times (NYT), México es el país de América Latina que más gente expulsa de su territorio en números absolutos. Según CONAPO, 47% de los jóvenes preparados que se van lo hacen para huir de la pobreza.

La onda expansiva del boom migratorio ha llegado hasta colonias como el Pedregal, Del Valle o Ciudad Satélite. Ahora también impacta en graduados de universidades privadas donde el espacio de estacionamiento para alumnos es tan grande como el espacio que ocupan las aulas y en familias de provincia que antes sólo venían a hacer shopping a San Antonio (en cuya afluente zona norte la cifra de mexicanos de clase media alta que se están asentando ha crecido tanto que la gente ya la llama “La pequeña Monterrey”).

Irónicamente, los braceros de lujo—término acuñado por el cineasta Alfonso Cuarón—nos beneficiamos del inequitativo reparto de oportunidades que prevalece en México para huir de lo que no nos gusta y, al mismo tiempo, ponemos nuestro granito de arena para perpetuarlo. Bilingües, preparados y cosmopolitas, nos aprovechamos de la creciente demanda de profesionales calificados en el primer mundo.

Como publicó NYT el lunes pasado en el reportaje Preparados y bienvenidos: una nueva especie de migrante en boga, “el número de inmigrantes con educación universitaria en [20] países desarrollados de occidente creció 69% entre 1990 y 2000, según un análisis preparado por el Banco Mundial… De los 52 millones de trabajadores migrantes de esos países, 36% tenían algún grado de educación universitaria, contra 31% de la década anterior”.

Un inmigrante —no hablo de refugiados ni de exiliados— es un inconforme nato. Huir de la desesperanza que exuda la mixteca no tiene arreglo. Escapar de la pesadilla de los extrarradios es inherente al instinto de supervivencia. Pero hay algo inquietante, algo atrofiado y que reclama un ajuste, en las ganas de huir de quienes habitan los parajes más acomodados de un país que hasta hace poco parecía servido a su antojo.


Published in Mexican newspaper El Universal on August 23rd, 2007.