Tuesday, March 25, 2008
Usted tiene derecho a llamar a su cónsul, seriously
Bush, que durante su mandato como gobernador del estado de la estrella solitaria aprobó 152 ejecuciones, se puso en este caso del lado de José Ernesto Medellín, quien fue condenado a muerte en octubre de 1994 por la violación y asesinato de dos adolescentes ocurrido en Houston junio de 1993.
Durante todo su proceso legal, Medellín nunca fue informado sobre sus derechos consulares, por lo que las autoridades estadounidenses violaron, en su caso, la Convención de Viena de 1963 que establece que toda persona que sea arrestada en el extranjero tiene derecho a contactar a las autoridades consulares de su país. La Corte Internacional de Justicia, tras una demanda interpuesta por el gobierno de México, estableció que Medellín y otros 50 mexicanos condenados a muerte deberían recibir nuevas audiencias para determinar si esta violación a sus derechos afectó el desarrollo de los juicios que terminaron encontrándolos culpables (want to read this story in English? Click here to see what The New York Times ran).
Dos expertos que consulté hoy para una nota sobre la decisión de la Suprema Corte que se publicará este viernes en Rumbo, me dijeron que, más allá de las consecuencias que ésta tendrá en la imagen de EEUU ante el mundo, el caso Medellín ha ayudado a aumentar el nivel de concientización sobre los derechos consulares en el sistema legal estadounidense.
Por mi parte, sólo me gustaría agregar que toda persona que viva fuera de su país y cuyo estado sea firmante de la Convención de Viena, debe saber que tiene derecho a llamar a su consulado si es detenido. Las autoridades del país extranjero-aun si son firmantes de la Convención de Viena--no están obligadas a hacérselo saber, pero sí están obligadas a facilitar el contacto con las autoridades consulares si el detenido lo exige.
¿Has tenido alguna experiencia desagradable en este sentido?
Desde BCN, tierra de tlaxcaltecas, Melody Balzhur
México y España, dice todo el mundo, son algo así como países hermanos. A mi padre, que murió hace más de diez años, le fascinaba España: la copla, la comida, Granada y que la gente hablara español. No es el único; conozco infinidad de mexicanos que sienten una auténtica fascinación por España. Una fascinación que yo comparto. No por nada me casé con una madrileña, viví tres años allá y uno de mis hijos nació en el madrileñísimo hospital La Paz.
Antes de vivir en España tenía la impresión de que en el imaginario colectivo mexicano España era considerado un país muy parecido a México. Mi contacto cercano con la tierra de Javier Cercas y Miguel Albaladejo--dos fascinantes exponentes de la cultura ibérica no tan conocidos en México como, por ejemplo, David Bisbal o Rocío Durcal (también fascinantes; don't get me wrong, and I'm not joking about it)--me ha hecho cambiar un poco de parecer. Creo que México y España son un poco como los inmigrantes mexicanos que llegan a EEUU y los mexicoamericanos: comparten una base cultural común, pero son muy distintos entre sí. Su identidad inicia en un punto común, pero las líneas de su vida se van alejando conforme avanzan y nunca vuelven a juntarse.
¿Qué tan distintos o qué tan parecidos son España y México o, digamos, el Distrito Federal y Barcelona? Eso pienso preguntárselo a Melody Balzhur cuando hable con ella a finales de esta semana.
"Melody who?" you may ask. Melody--cuyo nombre verdadero es otro, pero no le he preguntado si quiere que lo reproduzca en este espacio--es una de las moderadoras de los foros en la página Mexicanos en España, un sitio de encuentro de todos los paisanos que radican en el país que dio al mundo, entre otras aportaciones subyugantes, el concepto Operación Triunfo y la inconmensurable Lola Flores.
"Por mucho que me pese --pensando en otros mexicanos que han tenido las cosas más difíciles [en su proceso de integración a España]--, he de decir que tengo la suerte de poder estar más que bien instalada en Barcelona. Hace 4 años que vivo aquí y, tal como dices, uno es de donde ha elegido vivir. Así que ahora mismo puedo decir que soy catalana además de tlaxcalteca", escribió Balzhur--¿también el apellido es ficticio? Se lo preguntaré--en su mensaje de respuesta a mi petición de entrevista para PSN.
España, lo sé de primera mano, no es un lugar fácil para un inmigrante, por lo menos para un inmigrante del tipo PSN (again, middle and upper class Mexican young professionals), pero preferiría que otros mexicanos que han probado el Sueño Ibérico (as opposed to the American Dream, that is) compartieran su experiencia aquí.
Para abrir boca, Melody, en breve. Y para cerrar con una nota musical, la Faraona. Quién más si no.
Monday, March 17, 2008
Migración en tiempos de recesión
España, dice El País, ha dejado de ser Eldorado. ¿Será?
Cierro con una nota musical del buen Carlos Goñi, a.k.a. Revólver. La canción se titula precisamente así.
Thursday, March 13, 2008
Un ejemplo de agallas
El proyecto que comandará Santibáñez, quien es hija de una inmigrante indocumentada, es muy atractivo y necesario, pero lo que realmente me atrapó de su historia es su contacto directo con los inmigrantes que se ven involucrados en problemas judiciales a causa de su estatus legal.
"La madre de Luissana, Sergia Santibáñez, fue deportada en 2007. Ella perdió su residencia legal después de que la condenaran en 2005 por transportar amigos que eran inmigrantes indocumentados en su automóvil. Luissana Santibáñez dice que su madre no conocía la situación legal de sus amigos", escribe Juan Castillo, reportero de inmigración del diario Austin American-Statesman, Juan Castillo. "Después de permanecer cuatro meses en prisión, Sergia Santibáñez estuvo detenida 16 meses en un centro de detención de inmigrantes en Houston mientras defendía su caso. De esta manera, Luissana Santibáñez se tuvo que hacer cargo de sus tres hermanos --que, como ella, son ciudadanos de Estados Unidos—y, al mismo tiempo, avanzar con sus estudios en la universidad. Santibáñez contó que recibirá un subsidio de $45,000 por 18 meses".
Hats off to Luissana. It takes a great deal of guts to overcome that and turn it around into a great project.
Si quieren leer la nota completa, pinchen aquí.Wednesday, March 12, 2008
¿Para qué sirve una green card?
Nada explica mejor las ganas de quedarse a vivir en el gabacho que el deseo de obtener una green card. La típica historia del inmigrante que se casa con una gringa por obtener la residencia es un cliché tan antiguo que Peter Weir (Dead Poets Society) lo llevó a la pantalla en 1990 en una cinta edulcorada que protagonizaron Gérard Depardeiu y Andie McDowell.
A nivel de calle, las andanzas de latinoamericanos y latinoamericanas que se han casado con ciudadanos de este lado de la frontera para obtener la tarjeta verde son tan comunes en las charlas de café en ciudades con grandes concentraciones de hispanos como Houston, como eran, a finales de los 90's, las escabrosas historias sobre secuestros exprés en taxis chilangos en cada-cena-a-la-que-ibas en el DF.
Para quienes el matrimonio por conveniencia no es una opción--es decir, para la inmensa mayoría--obtener la residencia permanente estadounidense es un proceso largo, que lleva demasiado papeleo y al que se puede llegar, si uno no se casa con una gringa o un gringo, mediante sólo ciertos tipos de visas de trabajo o de inversión. Para un representante típico del fenómeno que PSN busca explorar (jóvenes mexicanos con preparación de clase media o media alta) el proceso puede tomar por lo menos dos años desde su inicio y costar entre $5,000 y $10,000.
Pero cuando uno inicia ese proceso, a veces llega a ocurrir lo que, en reflexiones con amigos que han pasado por esa experiencia, hemos dado por llamar el Síndrome de la Green Card (GCS), que consiste básicamente en una inversión mal dirigida de prioridades: la residencia gringa se convierte en un objetivo en sí mismo, no en un medio para alcanzar fines previamente establecidos.
Durante los últimos cuatro años he trabajado en un entorno marcado profundamente por el GCS y conocido gente que, al menos en su pensamiento, llega a plantearse hacer lo que sea en términos laborales con tal de permanecer aquí y poder seguir adelante con su proceso de residencia o de en algún momento iniciarlo, si el trabajo por el que llegaron al gabacho se termina y los deja a ellos en el limbo migratorio.
Ese 'hacer lo que sea' en el que yo confieso me he encontrado también, varía mucho de una persona a otra dependiendo de las prioridades de cada uno. Para unos la prioridad puede ser vivir en un lugar donde su familia se sienta cómoda; para otros, estar en lugar que ofrezca mejores oportunidades de desarrollo profesional. Aunque parezca una contradicción, a veces ambos intereses son excluyentes y, en otras ocasiones, el lugar que ofrece mejores posibilidades de alcanzar ambos objetivos no es necesariamente un lugar en un país desarrollado por el que haya que luchar para alcanzar la estabilidad migratoria.
Quedarse en el gabacho simplemente porque uno ya tiene una green card puede suponer elegir un destino incierto que antes, bajo ninguna circunstancia, uno habría accedido a emprender. Un magnífico ejemplo de esto es la historia de Raúl Jara, un ingeniero peruano que llegó a la Costa Este luego de haber obtenido la residencia en la Lotería de Green Cards que cada año ofrece el Gobierno estadounidense para incentivar la diversidad en el país (sorry guys, but Mexicans and Colombians, for once, are excluded as eligible participants), para encontrarse con una realidad--la del primer mundo--que estaba muy lejos de las visiones idealizadas que tenía del progreso en su natal Perú. La publicó The New Yorker en enero de 2006 y pueden leerla aquí.
¿Estarías dispuesto a cambiar de profesión por una green card? ¿Lo has hecho? ¿Ha valido la pena?
PSN does Facebook
Acabo de abrir una cuenta en Facebook para arrastrar más visitantes a PSN. Spread the word and ask your renegade Mexican immigrant friends to add me (Antonio Ruiz-Camacho) as a friend to joining in the discussion.
I will soon open a 'page' for PSN in Facebook. First I'll have to figure out how to do that.
¡Allá nos vemos!
Tuesday, March 11, 2008
En recuerdo de Madrid
La oportunidad de cambiar de lugar de residencia en tres ocasiones me ha enseñado que uno no es de donde nace, sino de donde elige vivir. Uno extraña no su lugar de nacimiento, sino los lugares donde ha sido feliz. Por eso he querido reproducir ese artículo hoy aquí.
P.S. Como video-snack, una canción de Coti cuyo video me hacía sentir en Madrid durante los primeros meses de mi llegada a Austin.
Madrid, hace un año
Los 191 muertos del atentado, muchos de ellos inmigrantes latinoamericanos y de pases de Europa del Este, eran los muertos de todo Madrid.
Antonio Ruiz-Camacho
Madrid es la ciudad más ruidosa que conozco. Los madrileños son gritones irredentos; pueden parecer rudos para las suaves maneras latinoamericanas pero son cercanos y abiertos y viven la vida en voz alta.
Por esa razón el síntoma más evidente del duelo que vivió Madrid en los días posteriores a los atentados del 11 de marzo de hace un año era el silencio en el ambiente. La gente hablaba en voz baja, los gritos desaparecieron del asfalto y el atasco se diluía de las avenidas como si los coches estuvieran embadurnados de aceite. Nadie en Madrid hacía ruido, todas las ventanas se adornaron con moños negros y cuando uno caminaba por las calles viejas del pueblo cosmopolita que es Madrid el silencio dolía.
Viví en Madrid hasta junio del año pasado, viví ahí durante tres años. Me mudé con mi esposa y mi hijo desde la Ciudad de México a un piso alquilado en la calle Guzmán el Bueno del centro de Madrid dos semanas antes de que los aviones se estrellaran contra las torres gemelas de Manhattan.
Recién mudados, en casa no había muebles ni cortinas. Dos horas antes de esos atentados el televisor que compramos en el Corte Inglés había llegado a casa. La televisión estaba en medio del salón porque no estorbaba el paso y en ese sitio tuvimos que dejarla para conectar el cable de corriente desde una pared y el cable de la antena desde la pared contraria para encenderla después de que mi suegra llamara para decirnos: enciendan el televisor, ha habido un accidente en Nueva York.
Pasé el resto del día haciendo dos cosas: viendo la televisión e intentando, sin éxito, llamar a los amigos que tenía en Nueva York para saber cómo estaban. Cuando logré hablar con uno de ellos parecía ausente; no logré entender qué le sucedía hasta que fui yo el que estuvo del otro lado de la línea.
El 11 de marzo es una fecha especial en mi vida, no sólo por los atentados de Madrid. También porque ese día, hoy, es mi aniversario de bodas. Hace un año, cuando las bombas estallaron al interior de los trenes que viajaban rumbo a la estación de Atocha y mataron a 191 personas, yo intentaba sin éxito tomar un autobús rumbo al centro de Madrid para ir primero a comprar el regalo de aniversario para mi esposa, y después dirigirme al trabajo.
El autobús nunca llegó y yo no sabía por qué. Cuando logré tomar un taxi desde la zona de Pozuelo, en el oeste madrileño donde vivía, el conductor tampoco sabía nada porque iba escuchando música, pero el atasco monumental que encontramos al entrar en Madrid nos hizo pensar que algo había pasado. El taxista buscó entonces una estación de noticias; el radial se detuvo ante la voz de una conductora que narraba cómo decenas de ambulancias iban y venían de Atocha cargadas de heridos.
Nadie sabía qué estaba pasando. Bajé del taxi ahí mismo y lo primero que pensé fue en llamar a mi esposa. No lo escuché cuando sonó, pero en el móvil ya tenía un mensaje de ella, angustiada, en el que me decía que habían estallado unos trenes y que por ninguna razón me subiera al metro.
En los días posteriores, una mezcla de rabia y dolor se apoderó de los madrileños, quienes salieron a la calle por millones para repudiar el atentado en la manifestación del viernes 12, la más grande en la historia del terrorismo.
La ciudad y mi visión de ella y de su gente cambiaron para siempre. Paradójicamente, ese atentado destinado a matar y a provocar pánico me hizo caer en la cuenta de que mi relación con Madrid se había profundizado al grado de hacerme sentir en casa. Los 191 muertos del atentado, muchos de ellos inmigrantes latinoamericanos y de países del este de Europa, eran los muertos de todo Madrid y fueron mis muertos; nunca he sentido tanta tristeza como durante los días posteriores al atentado y nunca he sentido a tanta gente triste a mi alrededor.
Con el paso de los días, el silencio se fue rompiendo y los gritos y ruidosos atascos volvieron a aparecer en Madrid. La ciudad volvió a ser un enorme pueblo de gente gritona, pero el silencio de esos días galvanizó su vocación de pueblo abierto, de madre adoptiva.
Desde entonces, Madrid es la casa a la que extraño cuando siento nostalgia y el único íntimo referente que tengo para saber que el terrorismo no me es ajeno. Y que es estéril.
Publicado originalmente en RUMBO el 10 de marzo de 2005